También era la persona más puntillosa que jamás hubiese conocido. Una vez que llegó a cenar a casa de él con quince minutos de retraso, Charles se disgustó tanto que arruinó la velada.

Tracy tenía escasa experiencia sexual, pero le daba la impresión de que Charles hacía el amor de la misma forma en que conducía su vida: minuciosa, adecuadamente. En una ocasión ella decidió ser más audaz y menos convencional en la cama, y fue tal el espanto de él que Tracy se limitó a desempeñar su papel habitual.

El embarazo fue inesperado, y llenó a Tracy de incertidumbre. Como Charles no había mencionado el tema del matrimonio, no quería que se sintiera obligado a casarse por el bebé. No estaba segura de poder afrontar un aborto, pero la alternativa era una opción igualmente dolorosa. ¿Sería capaz de criar a una criatura sin ayuda del padre, y no sería eso también injusto para el niño?

Decidió darle la noticia una noche, después de cenar. Tracy había preparado un guiso en su departamento, y era tal su nerviosismo que lo dejó quemar. Al colocar el plato frente a Charles dejó su discurso cuidadosamente ensayado y sólo atinó a decir:

– Lo siento, Charles, pero estoy embarazada.

Se produjo un silencio insoportablemente largo y, cuando Tracy estaba a punto de romperlo, Charles dijo:

– Nos casaremos, por supuesto.

A Tracy la inundó una sensación de alivio.

– No quiero que pienses…, no tienes obligación de casarte conmigo -musitó.

El levantó una mano para hacerla callar.

– Quiero hacerlo, Tracy. Serás una maravillosa esposa. -Y agregó lentamente-: Por supuesto, mis padres se sorprenderán un poco.

Con gesto tierno, la besó. Ella preguntó en un susurro:

– ¿Por qué habrían de sorprenderse?

Charles lanzó un suspiro.



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