
Schuchardt me acompañó hasta el vestíbulo, donde ahora había muchos policías mareando la perdiz enardecidamente. De camino a la puerta, se detuvo a hablar con uno de ellos.
– ¿A qué viene tanta conmoción? -pregunté a Schuchardt cuando me alcanzó de nuevo.
– Han encontrado a un agente muerto en el hotel Kaiser -dijo.
– Mal asunto -dije, procurando contener una náusea repentina-. ¿Qué ha pasado?
– Nadie ha visto nada, pero, según los del hospital, parece que ha sido una contusión en el estómago.
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La partida de Frieda fue como el detonante del éxodo de los judíos del Adlon. Max Prenn, jefe de recepción del hotel y primo de Daniel Prenn, el mejor tenista del país, anunció que habían expulsado a su pariente de la LTA alemana y que por eso se iba con él a vivir a Inglaterra. Después, Isaac no sé qué, músico de la orquesta del hotel, se marchó al Ritz de París. Por último, también se despidió Ilse Szrajbman, taquimecanógrafa del hotel a disposición de la clientela: volvió a Danzig, su patria chica, localidad que, según el punto de vista, podía considerarse polaca, o bien, una ciudad libre de la vieja Prusia.
Yo prefería no considerarlo, como otras muchas cosas que sucedían en el otoño de 1934. Danzig no era más que otro motivo para iniciar una discusión por cuenta del Tratado de Versalles sobre Renania, Sarre, Alsacia y Lorena, nuestras colonias africanas y la envergadura de nuestros ejércitos. De todos modos, en ese aspecto, distaba de ser el típico alemán que en la nueva Alemania me permitirían ser las tres cuartas partes de mi herencia genética.
El jefe empresarial del hotel -por dar a Georg Behlert, el director del Adlon, el tratamiento debido- se tomaba muy en serio a los empresarios y el volumen de negocio que podían generar para el hotel; sólo porque uno de los clientes más importantes y que mayores beneficios producía, un estadounidense de la suite 114 llamado Max Reles, hubiese llegado a confiar en Ilse Szrajbman, perderla a ella, de entre todos los judíos que dejaron el Adlon, fue lo que más le inquietó.
