– En el Adlon, la comodidad y la satisfacción del cliente están por encima de todo -dijo, como si creyese que me decía algo nuevo.

Me encontraba en su despacho, que daba al Jardín Goethe del hotel, del cual cortaba él todos los días de verano una flor para el ojal… hasta que el jardinero le advirtió que, al menos en Berlín, el clavel rojo era tradicionalmente un símbolo comunista y, por tanto, ilegal. ¡Pobre Behlert! Tenía tanto de comunista como de nazi: sólo creía en la superioridad del Adlon sobre todos los hoteles de Berlín y nunca más volvió a ponerse una flor en el ojal.

– Un recepcionista, un violinista, sí, y hasta un detective de la casa contribuyen a que las cosas funcionen bien en el hotel. Sin embargo, son relativamente anónimos y perder a cualquiera de ellos no debería comportar molestias para ningún cliente. No obstante, Fräulein Szrajbman trabajaba a diario con Herr Reles, tenía toda su confianza y será difícil encontrar una sustituta que mecanografíe y taquigrafíe como ella, por no hablar de su buen carácter.

Behlert no era grandilocuente; sólo lo parecía. Era más joven que yo -demasiado para haber ido a la guerra-, llevaba frac, el cuello de la camisa tan tieso como su sonrisa, polainas y un bigotito como una hilera de hormigas que bien podía habérselo creado en exclusiva Ronald Colman.

– Supongo que tendré que poner un anuncio en La muchacha alemana -dijo.

– Esa revista es nazi. Si pone ahí un anuncio, se presentará una espía de la Gestapo, délo por seguro.

Behlert se levantó a cerrar la puerta.



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