
– Conque así es la vida en el sótano, ¿eh? No se ofenda, señor, pero, es que, en comparación con el resto del hotel, esto parece una pocilga.
– En comparación, también lo parece el Charlottenburg Palace. A ver, la proposición, ¿Fraulein…?
– Bauer, Dora Bauer.
– ¿Es auténtico?
– No le gustaría que le dijese otro.
– ¿Puede demostrarlo?
– Señor, estamos en Alemania.
Abrió el bolso para enseñarme varios documentos. Uno de ellos, enfundado en cuero rojo, me llamó la atención.
– ¿Está afiliada al Partido?
– Por mis actividades, siempre es recomendable disponer de la mejor documentación. Este carnet corta en seco cualquier pregunta comprometida. Casi todos los policías te dejan en paz en cuanto lo ven.
– No lo dudo. ¿Y el amarillo qué es?
– El de la Cámara de Cultura del Estado. Cuando no estoy escribiendo a máquina o alquilando el conejito, soy actriz. Creía que por afiliarme al Partido sería más fácil que me diesen un papel, pero de momento, nada. La última obra en la que actué fue La caja de Pandora, en el Kammerspiele de Schumannstrasse. Hacía de Lulú. Fue hace tres años. Por eso escribo a máquina las cartas de Herr Weiss, en Odol, y sueño con cosas mejores. Bueno, ¿de qué se trata?
– Poca cosa. Aquí, al Adlon, vienen muchos hombres de negocios y siempre hay unos cuantos que necesitan los servicios de una taquimecanógrafa por horas. Está bien pagado, mucho mejor que las actuales tarifas de oficina. Puede que no llegue a lo que se sacaría usted en una hora, tumbada boca arriba, pero supera a Odol con diferencia. Además, es trabajo honrado y, por encima de todo, seguro. Sin contar con que podría entrar y salir legalmente del hotel.
