
– ¿Tiene antecedentes penales?
La opinión general de los alemanes sobre las prostitutas no era mucho más elevada que la que tenían sobre los delincuentes, pero yo había conocido suficientes mujeres de la calle para saber que la mayoría eran mucho mejores. Solían ser atentas, cultas e inteligentes. Por otra parte, ésta en concreto no era lo que se dice una cualquiera. Sabía portarse adecuadamente en un hotel como el Adlon. No era una dama, pero podía fingirlo.
– ¿Yo? De momento estoy limpia.
Y todavía. Toda mi experiencia policial me aconsejaba que no me fiase de ella. Además, la que había adquirido últimamente como alemán me decía que no me fiase de nadie.
– De acuerdo. Venga a mi despacho, tengo una proposición que hacerle.
Se detuvo en las escaleras.
– No soy el comedor de la Beneficencia, señor.
– Tranquila, no es eso lo que quiero. Además, soy romántico: espero que, como mínimo, me inviten a cenar en el Kroll Garden. Me gustan las flores, el champán y los bombones de Von Hövel. Entonces, si la dama es de mi agrado, puede que incluso me deje llevar de compras a Gersons, aunque debo advertirle que puedo tardar un tiempo en sentirme tan a gusto como para pasar el fin de semana en Baden-Baden con usted.
– Tiene gustos caros, Herr…
– Gunther.
– Me parecen bien: son casi idénticos a los míos.
– Esa impresión tenía yo.
Entramos en el despacho de los detectives. Era una habitación sin ventana, con una cama plegable, una chimenea apagada, una silla, una mesa de despacho y un lavabo con repisa, en la que había una navaja y un cuenco para afeitarse; no faltaban una tabla de planchar y una plancha de vapor para quitar las arrugas a la camisa y adecentarse un poco. Fritz Muller, el otro detective fijo, había dejado la habitación impregnada de un fuerte olor a sudor, pero el de tabaco y aburrimiento era todo mío. La chica arrugó la nariz con desagrado.
