– Yo también me reiría si no hubiese tanta policía por aquí. ¿Pasa algo? Sé que el Excelsior es el abrevadero predilecto de la Gestapo, pero, por lo general, son más discretos. Hay algunos tipos por aquí que, a juzgar por la frente que lucen, parece que acaben de llegar del valle de Neander arrastrando los nudillos por el suelo.

– Nos ha tocado un VIP -se explicó Kuhnast-. Un miembro del Comité Olímpico de los Estados Unidos se aloja en el hotel.

– Creía que el hotel olímpico oficial era el Kaiserhof.

– Lo es, pero ha habido un cambio de última hora y no han podido darle habitación allí.

– En ese caso, supongo que también el Adlon estará completo.

– Venga, tócame las narices tú también -dijo Kuhnast-, no te prives. Esos zoquetes de la Gestapo llevan todo el día haciéndolo, conque sólo me faltaba que ahora viniese un graciosillo del Adlon a ponerme firmes.

– No he venido a tocarte las narices, Rolf. En serio. Oye, ¿por qué no me dejas que te invite a un trago?

– Me sorprende que te lo puedas permitir, Bernie.

– No me importa que me lo den gratis. Si el gorila de la casa no tiene por dónde agarrar al barman, es que no hace bien su trabajo. Déjate caer por el Adlon algún día para que veas qué gran filántropo es nuestro barman cuando lo han pillado con las manos en la caja.

– ¿Otto? No te creo.

– No hace falta, Rolf, pero Frau Adlon me creerá y no es tan comprensiva como yo. -Pedí otro trago-. Vamos, tómate uno. Después de lo que me ha pasado, necesitaba algo que me contuviese las tripas.

– ¿Qué te ha pasado?

– Eso es lo de menos. Digamos sencillamente que no se arregla con cerveza.

Me metí el segundo schnapps detrás del primero.

Kuhnast sacudió la cabeza.

– Me gustaría, Bernie, pero a Herr Elschner no le haría ninguna gracia que dejase de vigilar a esos cabrones nazis, por si le roban los ceniceros.

Esas palabras aparentemente indiscretas se debían a su conocimiento de mi pasado republicano, pero, aun así, Kuhnast sabía lo necesaria que era la prudencia y me llevó fuera del bar, cruzamos el vestíbulo y salimos al Patio Palm. Era más fácil hablar con libertad al amparo de la orquesta del hotel. La verdad es que últimamente de lo único que se puede hablar en Alemania sin comprometerse es del tiempo.



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