
– Entonces, ¿la Gestapo ha venido a proteger a un Ami? -Sacudí la cabeza-. Creía que a Hitler no le gustaban.
– Éste en particular ha venido a dar una vuelta por Berlín, a comprobar si estamos preparados o no para albergar las Olimpiadas de dentro de dos años.
– Al oeste de Charlottenburg hay dos mil obreros que tienen la firme impresión de que ya lo estamos celebrando.
– Al parecer, muchos Amis quieren boicotearlas debido al antisemitismo de nuestro gobierno. Éste en particular ha venido a buscar pruebas, a ver con sus propios ojos si Alemania discrimina a los judíos.
– Me extraña que, para una misión tan cegadoramente evidente, se haya tomado la molestia de buscar hotel.
Rolf Kuhnast me devolvió la sonrisa.
– Por lo que he oído, es una mera formalidad. En estos momentos se encuentra en una de las salas de actos del hotel recibiendo una lista de medidas que el ministro de Propaganda ha elaborado ex profeso.
– ¡Ah, ya! Medidas de esa clase. Claro, por supuesto; no queremos que nadie se lleve una falsa impresión de la Alemania de Hitler, ¿verdad? Es decir, no es que tengamos nada en contra de los judíos, pero, ¡ojo! En esta ciudad hay un nuevo pueblo elegido.
Era difícil comprender por qué podía un americano estar dispuesto a pasar por alto las medidas antisemitas del nuevo régimen, sobre todo cuando la ciudad estaba sembrada de ejemplos notorios. Sólo un ciego podría dejar de ver las barbaridades ofensivas de las tiras cómicas -en primera plana de los periódicos nazis más fanáticos-, las estrellas de David pintadas en los escaparates de los establecimientos judíos y las señales de paso exclusivo para alemanes de los parques públicos… por no mencionar el miedo puro que llevaba en la mirada hasta el último judío de la patria.
