– Estoy perfectamente -le prometió-. Ah, pero sí necesito el nombre de un abogado experto en gestiones inmobiliarias. Voy a comprar una casa.

– Veo que no bromeabas con respecto a tu vuelta -su tío enarcó las cejas-. Está bien, te conseguiré el teléfono de un buen abogado. ¿Dónde te alojas?

– En el Lakeshore Inn.

– Te dejaré un mensaje allí.

– Te lo agradezco mucho, de verdad.

– Es un placer -miró su reloj-. Tengo que volver a la oficina. Cuídate, Hannah. Si necesitas algo, sabes cómo ponerte en contacto conmigo.

– Sí. Gracias otra vez, por todo -le dio un abrazo y lo despidió con la mano. Sabía que cuando regresara al hotel ya le habría dejado un mensaje, era ese tipo de hombre: amable, digno de confianza y considerado.

Y se sentía solo. No se le notaba tanto como hacía dos años, pero aún se veía en sus ojos. Su esposa, Violet, había muerto repentinamente muchos años antes, pero Ron seguía echándola de menos. Habían estado locamente enamorados hasta el día en que ella murió.

Hannah no podía evitar envidiar el amor que Violet y él habían compartido. Se preguntó cómo sería amar y ser amado de esa manera. Ser lo primero en la vida de alguien. Siempre lo había deseado y se preguntaba si alguna vez lo conseguiría.

Como no iba a conseguir una respuesta, decidió centrarse en sus compras para la casa y en los temas que podía controlar. Por ejemplo, lo que iba a decir su abuela cuando descubriera que Hannah había vuelto para quedarse. No era una conversación a la que deseara enfrentarse.

Desafortunadamente, su vuelta no era lo único que había ocultado. Hannah se detuvo y apretó la mano contra el leve bulto de su vientre. Era su primer embarazo y apenas se le notaba, aunque estaba de cuatro meses.

A su abuela le iba a dar un ataque por su vuelta, pero no podía ni imaginarse lo que diría cuando descubriese que había un bebé en camino… y ni rastro del padre.

Su abuela no iba a ser la única sorprendida. Hannah no quería pensar en la reacción de Eric cuando se enterase. No era asunto suyo, pero si seguían viéndose iba a tener que decirle la verdad, o arriesgarse a que creyera que tenía tendencia a engordar.



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