– Sí -soltó una risa-, pero a veces hay demasiadas reuniones. Entonces me escapo un par de horas. Estoy añadiendo un porche nuevo a la casa y vine a echar una ojeada a la madera.

– ¿No hay lacayos y contratistas que lo hagan por ti?

– Claro, pero si lo hicieran ellos, no podría decirle a mi asistente que tengo que hacerlo yo para escapar.

– ¿Por qué no te tomas un día libre?

– Ejem -miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo oía-. Un día libre no es tan divertido como escaparse un par de horas.

– Yo creía que siempre seguías las reglas.

– No cuando me conviene romperlas.

– Es bueno saberlo -se apoyó en el carro-. Pero mirar madera no es muy buena excusa.

– No necesito una mejor. Soy el jefe. ¿Qué haces de vuelta en la ciudad?

– ¿No acabo de evitar esa pregunta? -suspiró ella.

– Sólo temporalmente. Lo siento Hannah, insistiré hasta que me convenzas de que todo va bien.

Hannah deseó decirle que no tenía que preocuparse por ella, pero no creía que la escuchara. Aunque no había pasado mucho tiempo con los Bingham, sabía que Ron la consideraba parte de la familia. Por desgracia, desilusionarlo iba a darle mucha vergüenza.

– He vuelto a la ciudad.

– ¿Y tus estudios de Derecho? -preguntó él sin parpadear.

– Todavía me faltan dieciocho meses.

– Nadie lo sabe, ¿verdad? -adivinó él, tras estudiar su rostro. Ella asintió-. Y no quieres que se enteren.

– No exactamente -lo sabrían antes o después, pero Hannah deseaba algo de tiempo-. Sé que no tengo muchas posibilidades de guardar el secreto.

– Aquí, no -puso la mano en su hombro-. De acuerdo, chica. No diré una palabra. Ni siquiera a Myrtle.

– Gracias -dijo Hannah, intentando no estremecerse al oír nombrar a su abuela. La matriarca de la familia no se tomaría su decisión tan bien como Ron.

– ¿Estás bien? -inquirió él-. ¿Puedo ayudarte en algo?



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