
– Jeanne, necesitas dejar de intentar ser mi madre.
– Alguien tiene que serlo. Además, se me da bien -se dio la vuelta y salió del despacho.
Eric la observó. Su asistente era descarada, testaruda e insustituible. Por suerte, se la habían asignado tras su primer ascenso, tres años antes. Aunque deslenguada, era muy inteligente y leal. Mientras ascendía dentro de la directiva del Hospital Regional de Merlín County, ella había sido su apoyo y fuente de información. Todos sus colegas eran al menos una década mayores que él y eso creaba resentimientos que Jeanne controlaba.
– Hannah Wisham Bingham -anunció Jeanne unos minutos después, con voz respetuosa y cortés. La espabilada Jeanne sólo lo torturaba en privado.
Eric se puso en pie. Había cruzado media habitación cuando reconoció el nombre y la apariencia de la mujer.
– ¿Hannah?
Estudió a la rubia alta y delgada que había en el umbral, comparándola con la adolescente que recordaba de varios veranos pasados junto al lago. Seguía teniendo ojos verdes de gato y una sonrisa similar, pero todo lo demás había crecido… de la mejor manera.
– Eric. Me alegro de verte -su sonrisa se amplió… Entró en la habitación y miró a su alrededor-. Un despacho grande y con vistas. Estoy impresionada.
– Hannah, por favor, siéntate -dijo, señalando el sofá que había en la esquina. Jeanne levantó el pulgar con aire triunfal y se marchó.
– Esto es una sorpresa -dijo, cuando estuvieron sentados-. No sabía que habías regresado a la ciudad.
– Llegué hace un par de días. Estoy interesada en comprar una casa. Revisé los listados de propiedades y me sorprendió que el hospital vendiera una. ¿O es que te dedicas al negocio inmobiliario en tus ratos libres?
– Soy un hombre de muchos talentos.
– Eso no es nada nuevo. ¿De qué se trata? -preguntó, moviendo los dedos con elegancia. La chaqueta entallada y la falda estrecha le daban aspecto de lo que era en la actualidad: hija rica de una familia prominente. Había recorrido un largo camino desde sus inicios.
