
– El hospital proporciona alojamiento a los médicos que vienen de fuera y a sus familias -explicó él-. Es una forma de atraer a los mejores y más listos. La casa que está en venta es una de nuestras propiedades. Es un lugar fantástico, con vistas a las montañas y al lago, pero está un poco lejos de la ciudad para un médico de guardia. Sugerí que la vendiéramos y comprásemos otra más cerca. La junta directiva estuvo de acuerdo.
– Entiendo. Así que estás a cargo de librarte de la vieja y comprar la nueva, ¿correcto?
– Ya he comprado la nueva.
– ¿Por qué será que no me sorprende? -rió ella-. Alejada y con vistas es lo que busco. ¿Cuándo puedo verla?
– ¿Qué te parece esta tarde?
– Estoy completamente libre. Dime cuándo.
– A las tres.
– ¿Irás tú o delegas ese tipo de cosas? -ladeó la cabeza y la melena rubia le rozó los hombros.
– Iré yo -dijo él, aunque tendría que reorganizar varias citas.
– Estoy deseando ver la casa y seguir hablando contigo -ella se levantó-. Ha pasado mucho tiempo.
– Sí, por lo menos cinco años -dijo él.
– Seis. La facultad de Derecho me está enseñando a ser precisa -se despidió moviendo los dedos y fue hacia la puerta. Eric la observó marchar. Hannah siempre había sido una chica bonita y se había convertido en una bella mujer. No le extrañaba el comentario de Jeanne sobre el plus por las piernas bonitas; Hannah las tenía de impresión.
– Bien elegida, ¿no? -Jeanne entró como una tromba en el despacho-. No hay marido, se lo pregunté.
– Típico -se quejó él, con una mueca.
– Quería saberlo. Sabía que tú no lo preguntarías -dijo Jeanne sin ápice de vergüenza-. ¿O ya estabas al tanto de esa información? Parecéis conoceros.
– Es un par de años más joven que yo. Nos conocimos cuando éramos adolescentes. Yo trabajaba en el lago y ella pasaba los veranos allí. Su padre es Billy Bingham.
