Se recordaba con quince años, un aparato en los dientes, granos en la cara y cada vez más enamorada de Eric. Había pasado innumerables noches en su dormitorio escribiendo poemas horrorosos, intentando describir la maravilla de sus ojos. No había encontrado palabras para detallar la mezcla de marrones y dorados, ni para explicar que tenía las pestañas espesas y largas pero en absoluto femeninas. Era deslumbrante, ninguna chica podría resistírsele.

– La primera impresión es muy buena -contestó.

– Espera a ver el interior. Esta propiedad siempre ha recibido muy buena nota de los médicos visitantes y de sus familias -la guió hacia la puerta.

Hannah se sintió de nuevo adolescente al ver que él seguía sacándole una cabeza de altura. Era alto, moreno, devastador. Tras su reciente ruptura amorosa había aprendido que no debía fiarse de los hombres guapos, pero por lo visto la teoría no funcionaba con los hombres guapos del pasado. Cuadró los hombros y se prometió que durante el resto de la tarde se concentraría en los negocios. Quería comprar una casa y Eric tenía una que vender: fin de la historia.

Mientras él sacaba la llave del bolsillo, Hannah subió al porche y miró el jardín. Imaginó cómo arreglar los setos y podar los rosales. Con un poquito de cariño y arrancando muchas malas hierbas, quedaría perfecto. Iba a tener mucho tiempo y le iría bien el ejercicio.

Eric abrió la puerta y dio un paso atrás para cederle el paso. Un pequeño vestíbulo se abría hacia una gran sala vacía, con chimenea de piedra y ventanas arqueadas. A la derecha de la entrada había un comedor, a la izquierda un pasillo.

– ¿Cuánto tiempo lleva vacía la casa? -preguntó.

– Alrededor de un mes. Cuando decidimos venderla, esperamos a que la familia que vivía aquí se marchase y la pintamos de arriba abajo.

– Gran elección de color -comentó ella mirando las paredes blancas.

– Es un poco austero, pero fácil de cambiar.



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