
Ya eran los dos adultos y estaban en igualdad de condiciones. Bueno, lo estarían si a él le latiera el corazón y le sudaran las palmas de las manos al verla. Teniendo en cuenta lo que sabía de él, suponía que no era así. Pero una chica tenía derecho a soñar…
Miró su reloj de pulsera y volvió a concentrarse en la serpenteante carretera. A su izquierda vio un buzón de correo con el número que buscaba y tomó el camino hacia la casa. Una curva después, se encontró frente a una casa de madera y piedra, con tejado inclinado e impresionantes vistas. Hannah suspiró; se sentía como si acabara de entrar en un cuadro de colores vivos y luz misteriosa y cálida.
A la izquierda había un garaje independiente. Lo que veía del jardín estaba descuidado pero seguía siendo bonito. La propiedad estaba cercada por árboles adultos. Un camino de piedra recorría el jardín delantero, pasando ante dos bancos y lo que parecía un baño para pájaros. La casa tenía muchas ventanas y dos estrechas vidrieras a los lados de la puerta principal; en el porche de piedra había varios tiestos vacíos. Hannah aparcó junto a un BMW de cuatro puertas y salió del coche. Sólo había visto la parte delantera de la casa, pero si el interior estaba a la misma altura, era amor a primera vista: la compraría.
– ¿Qué te parece? -preguntó Eric apareciendo por un lateral del garaje.
Ella estudió sus bien definidos rasgos y su relajada sonrisa. El tiempo había esculpido sus pómulos y añadido fuerza y dureza a su mandíbula. El tono oliváceo de su piel hacía que sus dientes pareciesen muy blancos, pero como siempre, fueron sus grandes ojos oscuros los que captaron su atención.
