
– ¡Hago lo que puedo! -protestó en voz alta-. ¡No tengo alas y además hay limitación de velocidad!
Apenas había terminado de pronunciar la frase cuando un enorme rayo difundió un halo de luz fulgurante en la bruma. Siguió un trueno de una violencia increíble, que hizo temblar los cristales de todas las casas. Zofia abrió los ojos como platos, sobresaltada, y apretó un poco más el acelerador. La aguja se movió ligeramente hacia la derecha. Aminoró la marcha para atravesar la calle Market (ya no se distinguía el color de los semáforos) y se adentró en Kearny. Ocho manzanas separaban aún a Zofia de su destino, nueve si se resignaba a respetar el sentido de circulación de las calles, cosa que sin duda alguna haría.
Una lluvia torrencial desgarraba el silencio en las oscuras calles, gruesas gotas se estrellaban contra los cristales haciendo un ruido ensordecedor, los limpiaparabrisas resultaban inútiles para apartar el agua. A lo lejos, tan sólo la punta del último piso de la majestuosa torre piramidal del Transamerica Building asomaba por encima de la densa nube negra que cubría la ciudad.
Arrellanado en su asiento de primera clase, Lucas disfrutaba contemplando por el ojo de buey aquel espectáculo diabólico pero de una belleza divina. El Boeing 767 daba vueltas sobre la bahía de San Francisco, a la espera de una hipotética autorización para aterrizar. Lucas, impaciente, tamborileó con los dedos sobre el busca que llevaba colgado del cinturón. El piloto número siete no cesaba de parpadear. La azafata se acercó a él para decirle que lo apagara y pusiera el respaldo en posición vertical, porque el aparato estaba realizando la maniobra de aproximación.
