– ¿Qué haces por aquí?

– Lo mismo que tú. He venido a comer los mejores huevos revueltos de la ciudad.

– ¿Conoces a nuestra oficial de segundad, la teniente Zofia…?

– No tenemos el placer de conocernos -lo interrumpió Zofia, levantándose.

– Entonces, le presento a mi viejo amigo el inspector George Pilguez, de la policía de San Francisco.

La joven le tendió la mano al detective, que estaba mirándola, sorprendido, cuando el busca que Zofia llevaba sujeto al cinturón comenzó a sonar.

– Me parece que la llaman -dijo Pilguez.

Zofia examinó el aparatito que llevaba en el cinturón. El piloto luminoso no paraba de parpadear sobre el número siete. Pilguez la observó sonriendo.

– ¿Los suyos llegan hasta el siete? Entonces es que su trabajo debe de ser muy importante. Los nuestros no pasan del cuatro.

– Es la primera vez que se enciende ese piloto -contestó ella, desconcertada-. Discúlpenme, pero tengo que dejarlos.

Se despidió de los dos hombres, le hizo una seña a Mathilde, que no la vio, y se abrió camino hacia la puerta a través de la multitud.

Desde la mesa donde el inspector Pilguez había ocupado su lugar, el capataz gritó:

– ¡No conduzca demasiado deprisa! ¡Ningún vehículo está autorizado a circular con una visibilidad de menos de diez metros!

Pero Zofia no lo oyó. Mientras iba corriendo hacia su coche, se subió el cuello de la cazadora de piel. Nada más cerrar la portezuela, hizo girar la llave de contacto y el motor arrancó de inmediato. El Ford oficial empezó a recorrer los muelles con la sirena en marcha. A Zofia no parecía molestarle la opacidad de la niebla, cada vez más intensa. Circulaba por aquel decorado espectral deslizándose entre las patas de las grúas, sorteando alegremente los contenedores y las máquinas paradas.



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