Cada visita a la sede de la Agencia era para ella una fuente de asombro. Decididamente, la atmósfera que reinaba en aquel lugar era insólita. Saludó al conserje, que estaba detrás del mostrador y se había levantado.

– Buenos días, Pedro, ¿cómo está?

El afecto de Zofia por el que vigilaba desde siempre el acceso a la Central era sincero. Todos los recuerdos que tenía de su paso por las ansiadas puertas estaba asociado a su presencia. ¿Acaso no se debía a él el clima apacible y tranquilizador que, pese al intenso tránsito, reinaba en la Entrada de la Morada? Ni siquiera los días de gran afluencia, cuando cientos de personas se agolpaban en las puertas, Pedro permitía el desorden y los empujones. La sede de la CIA no habría sido la misma sin la presencia de aquel ser ponderado y atento.

– Mucho trabajo últimamente -dijo Pedro-. La esperan. Si desea cambiarse, debo de tener su llave del vestuario en alguna parte. Un segundo… -Se puso a rebuscar en unos cajones y murmuró-: ¡Hay tantas! A ver…, ¿dónde la he puesto?

– ¡No tengo tiempo, Pedro! -dijo Zofia, caminando apresuradamente hacia el pórtico de seguridad.

La puerta acristalada se abrió. Zofia se dirigió al ascensor de la izquierda, pero Pedro le señaló con un dedo la cabina exprés del centro, la que llevaba directamente al último piso.

– ¿Está seguro? -preguntó ella, sorprendida.

Pedro asintió con la cabeza al tiempo que las puertas se abrían y el sonido de una campanilla rebotaba en las paredes de granito. Zofia se quedó paralizada unos segundos.

– Dese prisa, y que tenga un buen día -le dijo él con una sonrisa afectuosa.

Las puertas se cerraron tras ella y la cabina se elevó hacia el último piso de la CIA.


En el ala opuesta de la torre, el neón del viejo montacargas chisporroteaba y la luz fluctuó unos segundos. Lucas se ajustó la corbata y se estiró la chaqueta. Las rejas acababan de abrirse.



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