
Un hombre vestido con un traje idéntico al suyo se acercó inmediatamente para recibirlo. Sin dirigirle la palabra, le señaló con gesto adusto los asientos de la sala de espera y volvió a sentarse detrás de su mesa. El perro pastor con aspecto de cancerbero que dormía atado a sus pies levantó un párpado, se lamió los belfos y cerró de nuevo el ojo. Un hilo de baba cayó sobre la moqueta negra.
La recepcionista había acompañado a Zofia hasta un mullido sofá y le ofreció las revistas extendidas sobre una mesa de centro. Antes de regresar a su mostrador, le aseguró que no tardarían en ir a buscarla.
En el mismo momento, Lucas cerró una revista y consultó su reloj. Eran casi las doce de la mañana. Se desabrochó la correa y se lo puso al revés para no olvidar ponerlo en hora cuando se marchara. Algunas veces, en la «Oficina», el tiempo se detenía, y Lucas no soportaba la falta de puntualidad.
Zofia reconoció a Miguel en cuanto apareció al fondo del pasillo, y el rostro se le iluminó en el acto. El cabello gris siempre un poco enmarañado, las patas de gallo que le alargaban las facciones y aquel irresistible acento escocés (algunos afirmaban que lo había copiado de sir Sean Connery, del que no se perdía ninguna película) le daban un aire elegante que la edad no alteraba. A Zofia le encantaba la forma que tenía su padrino de pronunciar las eses, pero todavía le chiflaba más el hoyuelo que se le formaba en la barbilla cuando sonreía. Desde su llegada a la Agencia, Miguel era su mentor, su eterno modelo. Él había acompañado todos sus pasos a medida que había ido subiendo los escalones de la jerarquía y siempre se las había arreglado para que en su expediente no figurase nada negativo. A fuerza de pacientes lecciones y de atenciones abnegadas, siempre había realzado las valiosas cualidades de su protegida: la gran generosidad de Zofia, su ingenio y la vivacidad de su alma sincera compensaban sus legendarias réplicas, que a veces sorprendían a sus compañeros. En cuanto a la forma en ocasiones poco ortodoxa que tenía de vestirse, allí todo el mundo sabía perfectamente, y desde hacía mucho tiempo, que el hábito no hace al monje.
