– ¡Texas ni hablar! ¿Por qué no en Alabama, ya puestos?

Hizo otro intento con el mismo éxito, aunque la voz se había apaciguado.

– ¿Qué te parece aquí? Después de todo, no es mala idea… Nos evitará desplazamientos inútiles, y con el tiempo que hace que competimos por este territorio… ¡Voto por San Francisco!

El silencio indicó que había llegado el momento. Zofia sonrió tímidamente a Miguel mientras éste entraba en el despacho del Señor. La puerta se cerró tras él y Zofia se volvió hacia la recepcionista.

– Está nervioso, ¿no?

– Sí, desde la salida del sol occidental -contestó la chica sin comprometerse.

– ¿Por qué?

– Aquí oigo muchas cosas, pero aun así no estoy al corriente de los secretos del Señor… Además, ya conoce las normas: no puedo decir nada. No quiero perder el puesto.

A costa de grandes esfuerzos, consiguió guardar silencio algo más de un minuto. Luego añadió:

– Esto que quede entre nosotras, pero le puedo asegurar que no es el único que está tenso. Rafael y Gabriel se han pasado toda la noche occidental trabajando, y a la hora del crepúsculo oriental, Miguel se ha reunido con ellos. Debe de tratarse de algo muy grave.

A Zofia le divertía el extraño vocabulario de la Agencia. Aunque ¿era posible pensar en horas en aquel lugar, cuando cada huso del globo tenía la suya? Cada vez que ella hacía algún comentario irónico, su padrino le recordaba que la proyección universal de las actividades de la Central y las diversidades lingüísticas de su personal justificaban determinadas expresiones y otros usos. Estaba prohibido, por ejemplo, utilizar números para identificar a los agentes de Inteligencia. El Señor había elegido a los primeros miembros de su directiva nombrándolos, y la tradición había perdurado. Por último, unas reglas sencillísimas, muy alejadas de las ideas preconcebidas que se tenían en la Tierra, facilitaban la coordinación operativa y jerárquica de la CIA. Siempre se identificaba a los ángeles por un nombre.



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