
Miguel siempre había apoyado a Zofia porque, desde el mismo momento de su admisión, la había identificado como un miembro de elite, y siempre se había esforzado para que ella no se enterase. Nadie se habría atrevido a discutir sus puntos de vista; se le reconocía por su autoridad natural, su prudencia y su devoción. Desde la noche de los tiempos, Miguel era el número dos de la Agencia, el brazo derecho del gran Jefe, a quien allá arriba todo el mundo llamaba Señor.
Miguel, con un expediente bajo el brazo, llegó a la altura de Zofia, que se levantó para darle un beso.
– Me alegro de verte. ¿Has sido tú quien me ha mandado llamar?
– Sí, bueno…, no exactamente. Espera aquí-dijo Miguel-. Vendré a buscarte.
Parecía tenso, cosa impropia de él.
– ¿Qué ocurre?
– Ahora no, ya te lo explicaré más tarde. Y tú, hazme el favor de tirar ese caramelo antes de…
La recepcionista no le dejó tiempo para acabar su consejo; lo esperaban. Se adentró en el pasillo a paso rápido y volvió la cabeza para tranquilizar a Zofia con la mirada. A través del tabique, ya oía los fragmentos de la enconada conversación que se desarrollaba en el gran despacho.
– ¡Ah, no, en París no! Están continuamente en huelga… Sería demasiado fácil para ti, hay manifestaciones casi a diario… No insistas… Llevan así mucho tiempo, en consecuencia dudo que vayan a cambiar ahora para complacernos.
Un breve silencio animó a Miguel a levantar la mano para llamar a la puerta, pero interrumpió el gesto al oír la voz del Señor añadir en un tono más fuerte:
– ¡Asia y África tampoco!
Miguel acercó los nudillos a la puerta, pero su mano se detuvo a unos centímetros porque la voz volvió a subir de tono, y esta vez retumbó hasta en el pasillo.
