
Al final del pasillo, desconectó la alarma de la puerta que daba a la escalera de incendios.
Al llegar al patio, sacó el libro antes de deshacerse de la maleta tirándola a un gran contenedor de basura y se adentró a paso ligero en el callejón.
Mientras caminaba por aquella calle mal pavimentada del SoHo, Lucas observaba con deleite un balconcillo de hierro forjado que sólo resistía la tentación de desplomarse gracias a dos roblones oxidados. La inquilina del tercer piso, una joven modelo de pechos excesivamente bien formados, vientre insolente y labios carnosos, se había tendido en la tumbona sin sospechar el peligro, lo que era una situación perfecta. Al cabo de unos minutos (si la vista no lo engañaba, y no lo engañaba nunca), los roblones cederían y la belleza se encontraría tres pisos más abajo con el cuerpo destrozado. La sangre que fluiría desde su oreja por los intersticios de los adoquines subrayaría el terror pintado en su semblante. Su bonito rostro conservaría esa expresión hasta que se descompusiera dentro de una caja de pino, donde la familia de la señorita la habría metido antes de sepultarla bajo una lápida de mármol y unos cuantos litros de lágrimas inútiles. Una insignificancia a la que dedicarían como máximo cuatro líneas mal redactadas en el periódico del barrio y que le costaría un juicio al propietario del inmueble. Un responsable técnico del Ayuntamiento perdería su empleo (siempre hace falta un culpable) y uno de sus superiores, tras llegar a la conclusión de que el accidente podría haber sido un auténtico drama si el balcón hubiera caído sobre algún transeúnte, enterraría el asunto. Después de todo, había un Dios en el mundo, y ése, en definitiva, era el verdadero problema de Lucas.
