
El día habría podido empezar maravillosamente bien si en el interior de ese bonito piso no hubiera sonado un teléfono y si la idiota que en él vivía no hubiera dejado su móvil en el cuarto de baño. La estúpida cabeza de chorlito se levantó para ir a buscarlo; decididamente, tenía más memoria un Mac que el cerebro de una modelo, se dijo Lucas, decepcionado.
Lucas apretó las mandíbulas y los dientes le rechinaron al mismo tiempo que los frenos del camión de la basura que se dirigía hacia él chirriaban, haciendo temblar la calle. El ensamblado metálico se desprendió con un crujido seco y nítido de la fachada y empezó a caer. Un trozo de barandilla hizo añicos el cristal de una ventana del piso de abajo. Un diluvio de vigas de hierro oxidadas -habitáculos subterráneos de colonias de bacilos del tétanos- estaba descendiendo hacia el pavimento. La mirada de Lucas se iluminó de nuevo: un afilado larguero de metal caía hacia el suelo a una velocidad vertiginosa. Si sus cálculos resultaban exactos, y siempre lo eran, no había nada perdido. Cruzó despreocupadamente la calzada, obligando al conductor del camión a reducir la velocidad. La viga atravesó la cabina del camión de la basura y se clavó en el tórax del conductor; el vehículo dio un terrible bandazo. Los dos basureros que iban encaramados en la plataforma trasera no tuvieron tiempo de gritar: uno fue engullido por la boca de la caja e inmediatamente triturado por sus mandíbulas, que seguían funcionando, imperturbables; el otro fue proyectado hacia delante y aterrizó, inerte, en el suelo. El eje delantero le pasó por encima de una pierna.
En su carrera, el Dodge chocó contra una farola, que salió despedida por los aires.
