Lucas tomó la tarjeta y pidió que no se le molestara bajo ningún concepto. Hizo ademán de ponerle discretamente un billete en la mano, que imaginaba igual de húmeda que la de Blaise, y se dirigió apresuradamente hacia el ascensor. El responsable de la recepción dio media vuelta con las manos vacías y cara de enfado. El ascensorista preguntó amablemente a su radiante pasajero si había tenido un buen día.

– ¿Y a ti qué te importa? -repuso Lucas, saliendo de la cabina.


Zofia aparcó el coche junto a la acera. Subió la escalera de entrada de la casita victoriana situada en Pacific Heights, abrió la puerta y se cruzó con su casera.

– Me alegro de que hayas vuelto de viaje -dijo la señora Sheridan.

– ¡Pero si sólo he estado fuera de casa desde esta mañana!

– ¿Seguro? Creía que anoche no estabas. Bueno, ya sé que sigo metiéndome en lo que no me importa, pero no me gusta que la casa esté vacía.

– Volví tarde y usted ya estaba durmiendo. Tenía un poco más de trabajo que de costumbre.

– Trabajas demasiado. A tu edad, y con lo guapa que eres, deberías pasar las noches con un amigo.

– Tengo que subir a cambiarme, Reina, pero pasaré a verla antes de marcharme, lo prometo.

La belleza de Reina Sheridan no se había ajado con el tiempo. Tenía una maravillosa voz, dulce y grave, y su mirada luminosa delataba una vida intensa de la que sólo conservaba los buenos recuerdos. Era una de las primeras mujeres que habían recorrido el mundo como reporteras. Las paredes de su salón oval estaban cubiertas de fotos amarillentas, de rostros del pasado que atestiguaban sus numerosos viajes y encuentros. Allí donde sus colegas habían tratado de fotografiar lo excepcional, Reina había captado lo corriente porque tenía lo que para ella era más preciado, la oportunidad del momento.

Cuando las piernas le impidieron viajar, se retiró a su casa de Pacific Heights. Allí había nacido y de allí había salido el 2 de febrero de 1936, el día que cumplió veinte años, para embarcar en un carguero con destino a Europa. Más adelante había regresado y vivido su único amor, durante un excesivamente breve período de felicidad.



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