
Desde entonces, Reina había vivido sola en aquella gran casa, hasta el día que publicó un anuncio por palabras en el San Francisco Chronicle. «Soy su nueva compañera de piso», había dicho Zofia, sonriendo, cuando apareció en su puerta la misma mañana que salió el anuncio. Aquella actitud decidida había seducido a Reina, de modo que su inquilina se había mudado esa misma noche y, con el transcurso de las semanas, había cambiado la vida de una mujer que actualmente reconocía alegrarse de haber renunciado a su soledad. A Zofia le encantaba terminar la velada en compañía de su casera. Cuando no llegaba demasiado tarde, distinguía a través del cristal de la puerta de entrada el rayo de luz que atravesaba el recibidor; así era como la señora Sheridan formulaba siempre su invitación. Con la excusa de asegurarse de que todo iba bien, Zofia asomaba la cabeza por la puerta. Sobre la alfombra había un gran álbum de fotos abierto, y en un cuenco finamente cincelado traído de África, unos trozos de bizcocho. Reina esperaba sentada en su sillón, frente al olivo plantado en el patio. Entonces Zofia entraba, se tumbaba en el suelo y empezaba a pasar las páginas de uno de los álbumes de viejas tapas de piel que abarrotaban las estanterías del salón. Sin apartar jamás la mirada del olivo, Reina comentaba una por una las ilustraciones.
Zofia subió al primer piso, hizo girar la llave de sus habitaciones, empujó la puerta con un pie y dejó el llavero sobre la consola. Se quitó la chaqueta en la entrada, la camisa en el saloncito y los pantalones mientras cruzaba el dormitorio. Entró en el cuarto de baño y abrió al máximo los grifos de la ducha; las tuberías comenzaron a hacer ruido y no pararon hasta que Zofia dio un golpe seco en la llave. El agua se deslizó por sus cabellos. Por la pequeña claraboya a través de la cual se veían los tejados que descendían hasta el puerto, entraba el sonido de las campanas de Grace Cathedral, que anunciaban las siete de la tarde.
