
Al final de la calle, puso el freno de mano de golpe; el coche patinó de lado hasta detenerse a unos centímetros de la cristalera del Fisher's Deli, la taberna del puerto. Lucas se apeó, subió los tres escalones de madera de la entrada silbando y empujó la puerta.
La sala estaba casi vacía. Normalmente, los obreros iban a tomar un trago después de una larga jornada de trabajo, pero aquel día trataban de recuperar las horas perdidas a causa del mal tiempo. Esa noche acabarían muy tarde, aunque debían resignarse a dejar las máquinas a los equipos de noche, que no tardarían en llegar.
Lucas se sentó a una mesa y miró a Mathilde, que estaba secando vasos detrás de la barra. La joven, azorada por su extraña sonrisa, acudió enseguida a tomarle nota. Lucas no tenía sed.
– ¿Algo de comer? -preguntó la camarera.
Sólo si ella lo acompañaba. Mathilde declinó amablemente el ofrecimiento; tenía prohibido sentarse en la sala durante el horario de trabajo. Lucas disponía de todo el tiempo del mundo, no tenía hambre y se proponía invitarla a otro lugar, pues ése le parecía terriblemente vulgar.
Mathilde se sentía incómoda, ya que el encanto de Lucas distaba mucho de dejarla indiferente. En aquella parte de la ciudad, la elegancia abundaba tan poco como en su vida. Desvió la mirada mientras él la observaba con sus ojos diáfanos.
– Es usted muy amable -murmuró. En ese momento oyó dos breves toques de claxon-. No puedo, precisamente esta noche he quedado para cenar con una amiga. Es ella la que acaba de tocar el claxon para avisarme. Tal vez en otra ocasión.
Zofia entró jadeando y se acercó a la barra, donde Mathilde, recuperado el aplomo, ocupaba de nuevo su puesto.
– Perdona, llego tarde, pero es que he tenido un día de locos -dijo Zofia, sentándose en un taburete.
