
Una decena de hombres pertenecientes a los equipos de noche entraron en el establecimiento, lo que contrarió mucho a Lucas. Uno de los cargadores se detuvo a la altura de Zofia y le dijo que la encontraba encantadora sin uniforme. Ella le agradeció el cumplido y se volvió hacia Mathilde levantando los ojos al cielo. La atractiva camarera se inclinó hacia su amiga para pedirle que mirara discretamente al cliente de la chaqueta negra que estaba sentado al fondo de la sala.
– Visto. ¡Olvídalo!
– ¡Ya estamos! -murmuró Mathilde.
– Mathilde, tu última aventura estuvo a punto de costarte la vida, de manera que si esta vez puedo evitar que te metas en algo peor…
– No sé por qué dices eso.
– Porque lo que he visto es peor.
– ¿Y se puede saber qué has visto?
– Una mirada deliberadamente turbulenta.
– ¡Oye, oye, no dispares tan rápido! ¡Ni siquiera te había oído cargar el revólver!
– Tardaste seis meses en desintoxicarte de todas las mierdas que tu barman de O'Farrell
– Mi sangre no está limpia.
– Ten un poco de paciencia y tómate la medicación.
– Ese tipo parece de lo más simpático.
– ¡Sí, como un cocodrilo delante de un solomillo!
– ¿Lo conoces?
– No lo había visto en mi vida.
– Entonces, ¿por qué haces ese juicio tan apresurado?
– Confía en mí, tengo un sexto sentido para estas cosas.
Zofia se sobresaltó al oír la voz grave de Lucas y notar su aliento en la nuca.
– Ya que había quedado en pasar la velada con su deliciosa amiga, sea generosa y acepte una invitación común a una de las mejores mesas de la ciudad. En mi descapotable cabemos perfectamente los tres.
– Tiene usted mucha intuición: no hay nadie más generoso que Zofia -dijo Mathilde, confiando en que su amiga se adaptara a la situación.
