
– Tienes el estómago vacío. Voy a llevarte a cenar a un restaurante asiático -repuso Zofia.
– ¿Puedo hacerte otra pregunta?
– Claro.
– ¿No tienes nunca frío?
– ¿Por qué lo dices?
– Porque tengo la sensación de que soy una esquimal. ¡Por lo que más quieras, sube esa ventanilla!
El Ford circulaba en dirección a la antigua chocolatería de la calle Ghirardelli. Tras unos minutos de silencio, Mathilde conectó la radio y contempló la ciudad. En el cruce de la avenida Colombus y la calle Bay el puerto desapareció de su vista.
– ¿Tendría la amabilidad de retirar la mano para que pueda limpiar la barra?
El dueño del Fisher's Deli había sacado a Lucas de su ensimismamiento.
– Perdón…
– Hay cristales debajo de su mano. Se va a cortar.
– No se preocupe por mí. ¿Quién era?
– Una chica atractiva, cosa que no abunda por aquí.
– Sí, por eso me gusta tanto el barrio -repuso Lucas con la misma sequedad-. No ha contestado a mi pregunta.
– ¿La que le interesa es mi empleada? Lo siento, pero no doy información sobre el personal. Tendrá que volver y preguntárselo usted mismo; mañana a las diez estará otra vez aquí.
Lucas dio un puñetazo sobre la barra de cinc. Los fragmentos de cristal saltaron por los aires y el propietario del establecimiento dio un paso atrás.
– ¡Su camarera me importa un comino! ¿Conoce a la chica que se ha ido con ella? -dijo Lucas.
– Es amiga suya y trabaja en la segundad del puerto. Es lo único que le puedo decir.
Lucas le arrebató al hombre el paño que llevaba colgando de la cintura del pantalón y se frotó con él la palma de la mano, que no presentaba ni un solo rasguño. Luego lo arrojó al cubo de la basura que estaba detrás de la barra.
El patrón del Fisher's Deli frunció el entrecejo.
– No te preocupes, tío -dijo Lucas, mirando su mano intacta-. Es lo mismo que andar sobre ascuas, tiene truco. Todo tiene un truco.
