
– ¡No seas cáustica!
– Desde luego, esto es el mundo al revés. Te pido una opinión imparcial sobre un hombre que me parece que está para comérselo, tú ni siquiera lo miras pero lo pones de vuelta y media, y cuando por fin te dignas volver la cabeza, clavas los ojos en los suyos como una ventosa que quisiera desembozar el lavabo de mi cuarto de baño. Y después de todo eso, resulta que no tengo derecho a ser cáustica.
– ¿Tú no has notado nada, Mathilde?
– Sí, ya que insistes, que olía a perfume Habit Rouge, y como sólo lo venden en Macy's
– ¿No te has dado cuenta del aspecto tan sombrío que tenía?
Mathilde se ajustó la parka en torno al cuello y respondió:
– Bueno, vale, llevaba una chaqueta un poco oscura, ¡pero de corte italiano y de cachemir de seis hilos!
– No me refiero a eso.
– ¿Quieres que te diga una cosa? Estoy segura de que no es de los que se ponen calzoncillos corrientes y molientes.
Mathilde sacó un cigarrillo y lo encendió. Bajó su ventanilla y expulsó una larga columna de humo que salió por la abertura.
– ¡Puestos a morir de una neumonía! -exclamó-. En fin, perdona que insista, pero hay calzoncillos y calzoncillos.
– ¡No has escuchado ni una sola palabra de lo que he dicho! -repuso Zofia, preocupada.
– ¿Te imaginas qué corte para la hija de Calvin Klein ver el nombre de su padre escrito en letras grandes cuando un hombre se desnuda delante de ella?
– ¿Lo habías visto antes? -preguntó Zofia, imperturbable.
– Quizás en el bar de Mario, pero no puedo asegurártelo. En aquella época, las noches que veía claro eran bastante escasas.
– Pero eso se ha acabado, lo has dejado atrás -dijo Zofia.
– ¿Tú crees en la sensación de déjà-vu?
– Es posible. ¿Por qué?
– Hace un momento, en el bar, cuando se te ha escapado el vaso de las manos…, he tenido la sensación de que caía a cámara lenta.
