Los cables eléctricos, ya pelados, tuvieron la ocurrencia de ponerse a dar coletazos y meterse en el agua sucia del arroyo. Un haz de chispas anunció el tremendo cortocircuito que afectó a toda la manzana de casas. Los semáforos del barrio se quedaron, en señal de duelo, más negros que el traje de Lucas. Ya se oía a lo lejos el ruido de las primeras colisiones de vehículos en los cruces, abandonados a su suerte. En la intersección de las calles Crosby y Spring, el choque del camión descontrolado con un taxi amarillo fue inevitable. Al ser golpeado de través, el yellow cab se empotró en la tienda del Museo de Arte Moderno. «Otra obra de arte para su escaparate», murmuró Lucas. El eje delantero del camión se subió encima de un coche aparcado; los faros, ahora ciegos, apuntaban hacia el cielo. El pesado camión se retorció entre ruidos de chapa desgarrada, antes de tumbarse de lado, vomitar las toneladas de detritus que llevaba en las entrañas y dejar la calzada cubierta por una alfombra de inmundicias. Al estruendo del drama consumado siguió un silencio mortal. El sol proseguía tranquilamente su recorrido hacia el cenit; el calor de sus rayos no tardaría en volver pestilente la atmósfera del barrio.

Lucas se ajustó el cuello de la camisa; le horrorizaba que le sobresalieran los picos por encima de la chaqueta. Contempló la magnitud del desastre. Apenas eran las nueve en su reloj y, al final, estaba empezando un día espléndido.

La cabeza del taxista descansaba sobre el volante y accionaba el claxon, que sonaba al mismo tiempo que la sirena de los remolcadores en el puerto de Nueva York, un lugar precioso cuando hacía buen tiempo, como ese domingo de finales de otoño. Lucas se dirigía hacia allí, desde donde un helicóptero lo trasladaría al aeropuerto de LaGuardia. Sólo faltaban sesenta y seis minutos para que despegara su avión.


El muelle 80 del puerto mercante de San Francisco estaba desierto. Zofia colgó despacio el auricular del teléfono y salió de la cabina.



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