
– ¿Qué hace usted aquí? -preguntó la joven.
– Creía que el jefe de bomberos ya se lo había dicho -contestó él, quitándose la corbata.
– … Y como todo parece indicar que se trata de una explosión de gas normal y corriente en la cocina o, en el peor de los casos, de un delito, el amable agente federal podrá irse a su casa y dejar trabajar a los policías. ¡Los terroristas no tienen ningún motivo para cazar patos a la naranja!
La voz tan cascada como hosca del inspector de policía había interrumpido su conversación.
– ¿Con quién tenemos el honor de hablar? -preguntó Lucas en un tono irónico que delataba su irritación.
– Con el inspector Pilguez de la policía de San Francisco -le respondió Zofia.
– ¡Me alegro de que esta vez me haya reconocido! -dijo Pilguez, haciendo caso omiso de la presencia de Lucas-. Si tenemos oportunidad, me encantaría que me explicara el numerito de esta mañana.
– No quería que tuviéramos que decir en qué circunstancias nos conocimos -contestó Zofia-. Ya sabe, para proteger a Mathilde. Los chismes se difunden más deprisa que la bruma en los muelles.
– Confié en usted dejándola salir antes de lo previsto, así que le agradecería que hiciera lo mismo conmigo. En la policía, el tacto no está forzosamente prohibido. Dicho esto, en vista del estado de la chica, tal vez habríamos hecho mejor dejando que cumpliera su pena.
– ¡Bonita definición del tacto, inspector! -dijo Lucas, despidiéndose de los dos. Atravesó la abertura donde yacían los restos de la monumental doble puerta cuyo traslado desde Asia había costado una fortuna y, ya desde la calle, le dijo a Zofia antes de montar en su vehículo-: Lo siento por su amiga.
El Chevrolet negro desapareció unos segundos más tarde en el cruce con la calle Beach.
