Zofia no podía aclararle nada al inspector. Tan sólo un terrible presentimiento la había empujado a insistir para que todos salieran del local. Pilguez le comentó que sus explicaciones resultaban un tanto superficiales, teniendo en cuenta el número de vidas que acababa de salvar. Zofia no tenía nada más que añadir. Quizás había percibido inconscientemente el olor de gas que escapaba por el falso techo de la cocina. Pilguez protestó: en los últimos años, los casos enrevesados en los que había influido de una u otra manera el inconsciente tenían una desagradable tendencia a perseguirlo.

– Avíseme cuando haya acabado la investigación. Necesito saber qué ha pasado.

El inspector la autorizó a marcharse. Zofia fue a buscar su coche. El parabrisas estaba rajado y la carrocería marrón recubierta de un polvo gris absolutamente uniforme. De camino hacia urgencias, se cruzó con varios coches de bomberos que continuaban acudiendo al lugar del siniestro. Estacionó el Ford, atravesó el aparcamiento y entró en el edificio. Una enfermera acudió a su encuentro y la informó de que estaban atendiendo a Mathilde. Zofia le dio las gracias y se sentó en uno de los bancos vacíos de la sala de espera.


Lucas tocó dos veces el claxon con impaciencia. El guardia, sentado dentro de la garita, pulsó un botón sin apartar la mirada de la pequeña pantalla; los Yankees iban ganando por bastante diferencia. La barrera se levantó y el Chevrolet avanzó con las luces apagadas hasta el borde del muelle. Lucas bajó la ventanilla y tiró el cigarrillo. Puso la palanca del cambio de marchas en punto muerto y salió del vehículo con el motor encendido. Apoyando un pie en el parachoques trasero, dio justo el impulso necesario para que el coche se deslizara hacia delante y cayera al agua. Contempló la escena con las manos en jarras, encantado. Cuando la última burbuja de aire hubo estallado, dio media vuelta y caminó alegremente en dirección al aparcamiento. Un Honda verde oliva parecía esperarlo precisamente a él. Forzó la cerradura, levantó el capó, arrancó la alarma y la arrojó lejos. Se instaló y contempló, con escaso entusiasmo, el interior de plástico. Sacó el manojo de llaves y escogió la que le pareció más adecuada. El motor arrancó de inmediato con un sonido agudo.



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