
Zofia descubrió la cicatriz que supuraba bajo el desgarrón de los pantalones de tweed con motivos príncipe de Gales.
– ¡Jules, tiene que ir a que le curen la pierna!
– No empieces, por favor, mi pierna está perfectamente.
– Si no le limpian esa herida, dentro de menos de una semana la tendrá gangrenada, lo sabe perfectamente.
– Yo ya he vivido la peor de las gangrenas, cielo, así que una más o una menos… Además, con el tiempo que hace que le pido a Dios que venga a buscarme, tengo que dejarlo actuar. Si me curo cada vez que se me presenta alguna complicación, ¿de qué sirve implorar que se me lleve de esta maldita tierra? Así que, como ves, esto es mi billete de lotería para el más allá.
– ¿Quién le mete esas ideas tan estúpidas en la cabeza?
– Nadie, pero hay un chico que anda por aquí y que está totalmente de acuerdo conmigo. Me gusta mucho charlar con él. Cuando lo veo, es como si mirara mi reflejo en un espejo pasado. Viste el mismo tipo de trajes que yo llevaba antes de que mi sastre sintiera vértigo al descubrir los abismos de mis bolsillos. Yo le predico la palabra de Dios y él a mí la del demonio; hacemos un trueque, y así me distraigo.
Ni paredes ni techo, nadie a quien odiar, tan pocos alimentos ante la puerta como barrotes que estaría deseando serrar… Jules Minsky había estado en peores condiciones que un prisionero. Soñar podía convertirse en un lujo cuando se luchaba por la supervivencia. De día, había que buscar comida en los vertederos; en invierno, andar continuamente para luchar contra la alianza mortal del sueño y el frío.
