Así fue como Jules Minsky se encontró en el paro. Un guardia de seguridad le había confiscado la tarjeta de identificación en la entrada del inmueble donde había pasado más tiempo que en su propia casa. Sin pronunciar una sola palabra, el hombre uniformado lo había acompañado hasta su despacho. Allí, Jules había tenido que recoger sus cosas ante la mirada silenciosa de sus compañeros. Un siniestro día de lluvia, se había marchado con una caja de cartón bajo el brazo por todo equipaje, después de treinta y dos años de leales servicios.

La vida de Jules Minsky, estadístico y apasionado de las matemáticas aplicadas, se resumía en una aritmética muy imperfecta: suma de fines de semana pasados trabajando en detrimento de su propia vida; división aceptada en provecho del poder de los jefes (todos se sentían orgullosos de trabajar para ellos, formaban una gran familia en la que cada uno tenía un papel que desempeñar con la condición de que se mantuviera en su sitio); multiplicación de humillaciones y de ideas pasadas por alto por ciertas autoridades ilegítimas con poderes desigualmente adquiridos y, por último, sustracción del derecho de acabar su vida laboral con dignidad. La existencia de Jules, semejante a la cuadratura del círculo, se reducía a una ecuación de iniquidades irresolubles.

De pequeño, a Jules le gustaba vagar junto al vertedero de chatarra, donde una enorme presa comprimía las carcasas de los coches viejos. Para alejar la sensación de soledad que lo atormentaba por las noches, muchas veces había imaginado la vida del joven ejecutivo privilegiado que, «evaluándolo» apropiado para ser despedido, había arruinado la suya. Sus tarjetas de crédito habían desaparecido en otoño, su cuenta bancaria no había sobrevivido al invierno y él se había marchado de casa en primavera.



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