Con el bloc de pedidos en el bolsillo del delantal, iba y venía de la cocina a la barra, del bar a las mesas, de la sala a la ventanilla del friegaplatos. Para ella, los días de bruma espesa eran agotadores, pero dada su soledad cotidiana, los prefería a los tranquilos. Con sus generosas sonrisas, sus miradas de reojo y sus réplicas mordaces, siempre acababa por levantar un poco la moral a los hombres. La puerta se abrió, ella volvió la cabeza y sonrió; conocía perfectamente a la chica que estaba entrando.

– ¡Zofia, mesa cinco! Date prisa, casi he tenido que subirme encima para guardártela. Enseguida os traigo café.

Zofia se sentó en compañía del capataz, que continuaba refunfuñando.

– Llevo cinco años diciendo que instalen un alumbrado de tungsteno. Con eso ganaríamos por lo menos veinte días de trabajo al año. Además, esas normas son una idiotez. Mis muchachos pueden currar perfectamente con una visibilidad de cinco metros, son todos profesionales.

– ¡Por favor, Manca, los aprendices representan el treinta y siete por ciento de sus efectivos!

– ¡Los aprendices están aquí para aprender! ¡Nuestro oficio se transmite de padres a hijos, y aquí nadie juega con la vida de los demás! ¡El carné de cargador se gana a pulso, y sirve igual haga buen o mal tiempo!

El rostro de Manca se dulcificó cuando Mathilde los interrumpió para servirles, orgullosa de la rapidez que había llegado a alcanzar.

– Huevos revueltos con beicon para usted, Manca. Tú, Zofia, supongo que no quieres comer nada, como de costumbre. De todas formas, te traeré un café con leche, aunque tampoco te lo tomarás… En fin, el pan, el ketchup, aquí lo tenéis todo.

Manca, con la boca ya llena, le dio las gracias. Mathilde le preguntó a Zofia, con voz vacilante, si esa noche tenía algún compromiso. Zofia le respondió que pasaría a buscarla cuando terminara de trabajar. La camarera, aliviada, desapareció en el tumulto del local, cada vez más lleno. Desde el fondo de la sala, un hombre bastante corpulento se dirigió hacia la salida. Al llegar a la altura de su mesa, se detuvo para saludar al capataz. Manca se limpió la boca y se levantó para hablar con él.



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