– Solo veo un grupo de pingüinos -musitó.

– Creo que camarero y camarera es el término políticamente correcto -indicó Emma.

– ¿No podrías conseguir que el juez relajara el uniforme, por el amor de Dios? Esa pobre gente parece que asiste a una boda en vez de servir cócteles un día de primavera.

– Tu padre tiene sus patrones -comentó Emma imitando el tono más altivo de su hijo, el juez Montgomery-. Cree que el servicio debe vestir así. Ridículo -murmuró-. Ya tendría que haber entrado en el siglo veintiuno. Bueno, basta de Edgar por el momento. Mira a tu alrededor. ¿Qué más ves?

Logan dio dos pasos a la derecha para ver más allá de un parasol ridículo sostenido por una de las amigas de su madre, con el fin de protegerse la piel del sol inexistente.

– ¿Y bien? -un codo huesudo se clavó en las costillas de Logan.

Miró una vez más y obtuvo la recompensa al percibir a una mujer que irradiaba rayos de sol delante del elaborado bar. Ni siquiera el uniforme estirado de camarera parecía ordinario en sus extraordinarias curvas.

Retiró de la barra las copas usadas y Logan disfrutó de una visión de su espalda, que resultaba igual de tentadora que lo demás. Zapatillas negras para estar cómoda y medias negras con costura vertical en sus bien torneadas piernas. Al estirarse para secar la barra, el bajo de su minifalda subió más. Dio un paso al frente a tiempo de captar un reborde de encaje. La temperatura exterior subió unos grados, igual que algunas partes de su cuerpo. Se metió un dedo en el cuello de la camisa blanca para respirar mejor.

Entonces ella se irguió en toda su estatura, que no era demasiada. Pequeña, con el pelo rubio recogido en un moño, no mediría más de un metro sesenta. Pensando que tenía una hermana que había zarandeado a más amigos varones que los que él mismo podía contar, se consideraba un experto en cosas femeninas.



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