
Asintió con la cabeza. La semana anterior, durante tres días, había tenido que leer para un doctor con grandes orejas. Contestó a sus preguntas y escribió historias. Hizo cuentas y dibujó. Le había gustado lo de pintar, pero el resto había sido muy aburrido.
– ¿Has acabado?
Georgeanne miró la página garabateada ante ella. Había usado la goma tantas veces que los pequeños recuadros para las respuestas se habían quedado de un gris desvaído, y varias lágrimas manchaban el papel al lado de los palitos.
– No -dijo, cubriendo la hoja con la mano.
– Déjame ver lo que has hecho.
Con temor se levantó renuentemente de la silla, y luego la empujó debajo del pupitre en la posición correcta. Las suelas de cuero de sus zapatos apenas se oyeron mientras caminaba lentamente hacia la mesa de la maestra. Sintió el estómago revuelto.
La señora Noble tomó el sucio papel de la mano de Georgeanne y estudió los problemas de matemáticas.
– Lo has vuelto a hacer mal -le dijo con irritación, recalcando las palabras. El desagrado achicó los ojos castaños de la maestra haciendo destacar su delgada nariz-. ¿Cuántas veces vas a poner mal las respuestas?
Georgeanne miró por encima del hombro de la maestra la mesa de ciencias sociales donde había veinte pequeños iglús hechos con terrones de azúcar. Debería haber veintiuno, pero debido a su pésima caligrafía Georgeanne tendría que esperar a construir su propio iglú. Tal vez mañana.
– No lo sé -susurró ella.
– ¡Te he dicho al menos cuatro veces que la respuesta al primer problema no es diecisiete! ¿Entonces por qué sigues poniéndolo?
– No lo sé -había contado varias veces cada palito. Había siete en dos grupos y tres en el otro. Eso hacía diecisiete.
– Te lo he explicado repetidamente. Mira el papel.
Cuando Georgeanne hizo lo que le dijo, vio que la señora Noble apuntaba al primer grupo.
– Este grupito representa diez -ladró, y puso su dedo a un lado-. Este otro representa diez más, y tenemos los tres palitos restantes a un lado. ¿Cuánto es diez más diez?
