
Georgeanne sumó mentalmente.
– Veinte.
– ¿Más tres?
Hizo una pausa, contando para sí.
– Veintitrés.
– ¡Sí! La respuesta es veintitrés. -La maestra apartó bruscamente el papel-. Ahora ve a sentarte y termina los demás ejercicios.
De nuevo en su asiento, Georgeanne consideró el segundo problema de la página. Estudió los tres grupitos, contó cuidadosamente cada palito y luego escribió veintiuno.
Tan pronto como sonó la campana que avisaba del final de la clase, Georgeanne agarró el nuevo poncho púrpura que su abuela le había tejido y corrió a casa. Cuando entró por la puerta trasera, vio los pastelitos rosados en el mostrador jaspeado en azul y blanco. La cocina era pequeña con el empapelado amarillo y rojo despegado en algunos lugares, pero aun así era la habitación favorita de Georgeanne. Olía a cosas agradables, como pasteles y pan, limpiador Pine Sol o jabón líquido de Ivory.
La vajilla de plata estaba colocada sobre el carrito del té. Estaba a punto de llamar a su abuela cuando oyó la voz de un hombre proveniente de la salita. Esa habitación sólo se utilizaba cuando alguien muy importante visitaba a la abuela. Sin hacer ruido, Georgeanne se acercó por el pasillo hacia la parte delantera de la casa.
– Su nieta no parece captar conceptos abstractos. Escribe algunas palabras del revés o simplemente no se le ocurre la palabra que quiere usar. Por ejemplo, cuando le mostré la foto de un picaporte, lo llamó «eso para entrar en casa». Sin embargo, identificó una escalera mecánica, una pala y la mayoría de los cincuenta estados -aclaró el hombre que Georgeanne reconoció como el doctor de orejas grandes que le había hecho esas aburridas pruebas la semana anterior. Se detuvo al lado de la puerta y se puso a escuchar-. Lo bueno es que puntuó muy alto en comprensión -continuó el doctor-. Lo que quiere decir que entiende lo que lee.
