
– ¿Cómo es posible? -preguntó su abuela-. Usa el picaporte todos los días y, hasta donde yo sé, nunca ha tocado una pala. ¿Cómo puede confundirse con las palabras familiares y sin embargo entender lo que lee?
– No sabemos por qué algunos niños padecen esa disfunción en el cerebro, señora Howard. No sabemos qué causa estas incapacidades, lo único que sabemos es que no tiene cura.
Georgeanne se apoyó contra la pared sin que la vieran. Le comenzaron a arder las mejillas, y se le hizo un nudo en el estómago. ¿Una disfunción del cerebro? No era tan estúpida como para no saber lo que quería decir ese hombre. Pensaba que era retrasada.
– ¿Qué puedo hacer por mi Georgie?
– Quizá si le hacemos más pruebas podamos precisar dónde radica la mayor parte de las dificultades. Para algunos niños la medicación ha sido de gran ayuda.
– No le daré drogas a Georgeanne.
– Entonces puede matricularla en una escuela para señoritas -aconsejó el doctor-. Es una niñita bonita y es probable que se convierta en una bella joven. No tendrá ningún problema en encontrar un marido que se ocupe de ella.
– ¿Marido? Mi Georgie sólo tiene nueve años, doctor Alian.
– No pretendía ser irrespetuoso, señora Howard, pero usted es la abuela de la niña. ¿Cuántos años más cree que podrá ocuparse de ella? En mi opinión Georgeanne nunca será demasiado lista.
El nudo del estómago de Georgeanne comenzó a arder cuando retrocedió por el pasillo y salió por la puerta trasera. Pateó una lata de café varios metros y tiró las pinzas de la ropa de su abuela al suelo del pequeño patio.
Estacionado en el camino de entrada había un Chevrolet El Camino que Georgeanne siempre había creído que era del color exacto de la cerveza. El coche descansaba sobre cuatro llantas desinfladas pues no lo había conducido nadie desde la muerte de su abuelo hacía dos años. Su abuela conducía un Lincoln, pero Georgeanne consideraba que El Camino era suyo y lo utilizaba para trasladarse con la imaginación a lugares exóticos como Londres, París y Texarkana.
