– Pero yo… -Pia tragó saliva.

Embriones. En alguna parte de un laboratorio habría tubos de ensayo congelados u otros contenedores y dentro de ellos se encontrarían esos potenciales bebés que su amiga tanto había anhelado.

– Sé que es un impacto -dijo la abogada, una elegante mujer de unos cuarenta años ataviada con un traje de chaqueta-. Crystal dudaba si decirle o no lo que había hecho. Al parecer, decidió no decírselo antes de tiempo.

– Probablemente porque sabía que intentaría convencerla de lo contrario -murmuró Pia.

– Por ahora, no tiene que hacer nada. Las tarifas de conservación están pagadas durante los próximos tres años. Hay algunos documentos que rellenar, pero podemos ocupamos de ello más adelante.

Pia asintió.

– Gracias -dijo y se levantó. Una breve mirada a su reloj le dijo que iba a tener que darse prisa o llegaría tarde a su cita de las diez y media en la oficina.

– Crystal la eligió por una razón -dijo la abogada mientras Pia caminaba hacia la puerta.

Pia le lanzó a la mujer una tensa sonrisa y fue hacía las escaleras. Unos segundos después, ya estaba fuera, respirando hondo y preguntándose cuándo dejaría de girar el mundo.

Eso no podía estar pasando, se dijo cuando echó a andar. No podía ser. ¿En qué había estado pensando Crystal? Había docenas de otras mujeres a las que podía haberles dejado los embriones. Cientos, probablemente. Mujeres a las que se les daban bien los niños, que sabían cocinar, reconfortarlos y tomarles la temperatura con el dorso de la mano.

Ella ni siquiera podía mantener viva una planta y se le daba fatal dar abrazos, tanto que su último novio se había quejado de que ella siempre era la que se separaba primero. Probablemente porque el hecho de que la abrazaran demasiado rato hacía que se sintiera atrapada, y ésa no era exactamente una buena cualidad para una madre potencial.



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