Cuando Eleanor hubo salido, Claudia fue a sentarse ante su escritorio y dobló la carta de Susanna. ¡Qué día más extraño! Tenía la impresión de que había durado por lo menos cuarenta y ocho horas.

¿Y de qué diablos iba a hablar durante todas las horas del viaje a Londres? ¿Cómo iba a impedir que Flora parloteara y Edna no parara de reírse tontamente? Deseó ardientemente que el marqués de Attingsborough tuviera por lo menos sesenta años y pareciera un sapo. Tal vez así no se sentiría tan intimidada por él.

El empleo de esa palabra en su pensamiento la erizó toda entera otra vez.

¿Intimidada?

¿Ella?

¿Por un simple «hombre»?

¿Por un «marqués»? ¿Heredero de un «ducado»?

Pues, no le daría esa satisfacción, pensó indignada, como si él hubiera expresado francamente el deseo de verla arrastrarse a sus pies en servil humildad.

CAPÍTULO 02

– Tendrás presente lo que hemos hablado -dijo el duque de Anburey estrechándole la mano a su hijo Joseph, marqués de Attingsborough.

No era una pregunta.

– Claro que lo tendrá presente, Webster -dijo la duquesa, abrazando y besando a su hijo.

Habían desayunado temprano en la casa del edificio Royal Crescent en que estaban viviendo los duques durante su estancia en Bath. La preocupación por la salud de su padre y, debía reconocerlo, su llamada, habían traído a Joseph a Bath hacía una semana, a la mitad de la temporada de primavera. En invierno su padre había cogido un enfriamiento del que no estaba totalmente recuperado cuando llegó el momento en que tendría que volver a Londres para asistir a los debates de la Cámara de los Lores; por lo tanto, se había quedado en su casa de campo y luego cedido a la insistencia de su esposa de que fuera a Bath a probar las aguas, aun cuando siempre había hablado con desprecio de aquel lugar y de las personas que iban ahí a bañarse en las aguas y a beberías para mejorar la salud.



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