
Y entonces, cuando terminaron las clases de la tarde y las niñas subieron a peinarse y lavarse las manos para luego bajar a tomar el té, se estropeó algo en el pomo de la puerta de uno de los dormitorios y ocho niñas quedaron encerradas dentro hasta que subió a repararlo el señor Keeble, el anciano portero de la escuela, y estuvo un rato rascando y haciendo chirriar la cerradura entre risitas. La señorita Thompson se hizo cargo de la crisis leyéndoles un sermón sobre la paciencia y el decoro, aunque las circunstancias la obligaron a hablar con un volumen de voz que las chicas pudieran oír desde dentro del dormitorio y, claro, también llegaba a muchas otras partes de la escuela, entre ellas su despacho.
No, no había sido el mejor de los días, acababa de comentarles a Eleanor Thompson y Lila Walton, sin que la contradijeran, mientras estaban tomando el té en su sala de estar particular, poco después de que fueran liberadas las prisioneras. Podría conformarse con menos días de esos.
Y entonces, ¡más!
Para coronarlo todo y empeorar un día ya difícil, había un marqués esperando tener el gusto de verla en el salón para visitas de abajo.
