¡Un «marqués», por el amor de todo lo maravilloso!

Eso era lo que decía la tarjeta con bordes plateados que tenía cogida entre dos dedos: el marqués de Attingsborough. El portero acababa de ponérsela en las manos, con expresión agriada y desaprobadora, expresión nada insólita en él, sobre todo cuando un hombre que no era profesor ahí invadía su dominio.

– Un «marqués» -dijo, ceñuda, mirando de la tarjeta a sus colegas-. ¿Qué podrá desear? ¿Lo dijo, señor Keeble?

– No lo dijo y no se lo pregunté, señorita. Pero si me lo pregunta, no se trae nada bueno entre manos.

Me sonrió.

– ¡Ja! Un pecado mortal, desde luego -dijo Claudia, irónica, mientras Eleanor se reía.

– Tal vez tiene una hija a la que desea colocar en la escuela -sugirió Lila.

– ¿Un «marqués»? -dijo Claudia, con las cejas arqueadas, silenciándola.

– Tal vez, Claudia, tiene dos hijas -dijo Eleanor, haciéndole un guiño travieso.

Claudia bufó, suspiró, tomó otro trago de té y se levantó de mala gana.

– Supongo que será mejor que vaya a ver qué desea. Eso será más productivo que continuar sentada aquí haciendo suposiciones. Pero que suceda esto justamente hoy. Un «marqués».

Eleanor volvió a reírse.

– Pobre hombre. Lo compadezco.

A Claudia nunca le habían caído bien los aristócratas, gente ociosa, arrogante, insensible, antipática, aunque el matrimonio de dos de sus profesoras e íntimas amigas con señores con título la habían obligado a reconocer en esos últimos años que tal vez «algunos» de ellos podrían ser personas simpáticas e incluso valiosas.

Pero no la divertía que uno de ellos, un desconocido, invadiera su mundo sin siquiera con un «con su permiso», sobre todo al final de un día difícil.

No creía ni por un instante que ese marqués deseara colocar a una hija en su escuela.



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