
Tiró las cajas, buscando a ciegas. Las solapas de cartón se abrieron, desparramando fotografías forenses, artículos de aseo, recortes de periódico, bragas y calcetines, lanzando fragmentos de su vida al suelo y las paredes. Todo lo que había embalado con sumo cuidado de pronto voló, rodó, se deslizó y se estrelló a su alrededor.
Entonces oyó un gemido.
Se detuvo y escuchó, intentando contener el aliento. Su pulso ya se había acelerado. Calma. Debía tranquilizarse. Se giró lentamente, ladeó la cabeza y aguzó el oído. Recorrió a tientas la superficie del escritorio, la mesa baja, la estantería. ¡Dios mío! ¿Dónde demonios había puesto el revólver?
Al fin distinguió la funda tirada al pie de la tumbona. Naturalmente, lo había dejado a mano mientras dormía.
El gemido se hizo más intenso: un quejido agudo, como el de un animal herido. ¿O era un truco?
Maggie regresó a tientas a la tumbona y, aguzando la vista, miró a su alrededor. El sonido procedía de la cocina. De allí salía también un hedor repugnante. Recogió la pistolera y se acercó de puntillas a la cocina. Cuanto más se acercaba, más fácil le era reconocer aquel olor. Era sangre. El hedor acre penetraba en sus fosas nasales y le quemaba los pulmones. Aquella fetidez sólo podía proceder de ingentes cantidades de sangre.
Se agachó y cruzó la puerta sigilosamente. A pesar de que el olor la había puesto sobre aviso, gimió al verlo. La sangre chorreaba por las blancas paredes de la cocina iluminada por la luna y cubría el suelo de baldosas. Estaba en todas partes, extendida por las superficies de la encimera, chorreando por los electrodomésticos. En el rincón más alejado se hallaba de pie Albert Stucky. Su sombra espigada se cernía sobre una mujer que gemía, puesta de rodillas.
Maggie sintió que empezaba a erizársele la piel por la nuca. Cielo santo, ¿cómo había entrado en su casa? Y, sin embargo, no la sorprendía verlo allí. ¿Acaso no aguardaba su llegada? ¿No había estado esperando aquel momento?
