
Stucky agarró a la mujer del pelo con una mano y con la otra acercó un cuchillo de carnicero a su garganta. Maggie contuvo un gemido. Aún no la había visto. Se apretó contra la pared, entre las sombras.
«Tranquila». «Calma», se repetía como un mantra silencioso. Se había preparado para aquel instante. Hacía meses que lo temía, que soñaba con él, que lo deseaba. No era momento de permitir que el miedo desbaratara su resolución. Se apoyó contra la pared para apuntalar su posición aunque le dolía la espalda y le temblaban las rodillas. Desde aquel ángulo, dispararía limpiamente. Pero sabía que sólo podría disparar una vez. Con una vez, bastaría.
Maggie echó mano a la funda, buscando la pistola. Estaba vacía. ¿Cómo era posible? Se giró y palpó el suelo. ¿Se le había caído? ¿Por qué no se había dado cuenta?
Entonces, de improviso, comprendió que su reacción asustada la había puesto al descubierto. Al alzar la mirada, vio que la mujer extendía la mano hacia ella, suplicándole. Pero Maggie miró más allá de ella. Sus ojos se encontraron con los de Albert Stucky. Él sonrió. Luego, con un rápido y suave movimiento, seccionó la garganta de la mujer.
– ¡No!
Maggie se despertó con una violenta sacudida y estuvo a punto de caerse de la tumbona. Tanteó el suelo ansiosamente. El corazón le retumbaba en el pecho. Estaba empapada en sudor. Encontró la funda de la pistola, sacó el arma y, levantándose de un salto, se giró a un lado y a otro con los brazos extendidos, lista para acribillar a balazos las cajas apiladas. La luz del sol, que apenas comenzaba a filtrarse en la habitación, le bastó para cerciorarse de que estaba sola.
Se dejó caer en la tumbona. Aferrada aún a la pistola, se enjugó el sudor de la frente y desarraigó el sueño de sus ojos con dedos temblorosos. Dudando todavía de que hubiera sido un sueño, se subió el bajo de la camiseta y se giró para mirar el brutal corte que cruzaba su abdomen. Sí, la cicatriz, aquel suave pliegue de carne, seguía allí. Pero no, no sangraba.
