Vio que Benny se subía las mangas de la camisa sin molestarse en enrollarlas ni doblarlas, dejando al descubierto los antebrazos venosos y una de aquellas legendarias cicatrices. La cicatriz seccionaba por la mitad un tatuaje: una bailarina polinesia cuyo vientre presentaba ahora una dentada línea roja, como si la hubieran partido en dos. Benny aún podía hacerla bailar flexionando el brazo de modo que la mitad inferior de la bailarina se movía con un lento y provocativo contoneo, mientras que la otra mitad, la superior, permanecía inmóvil, desarticulada. Aquel tatuaje fascinaba a Del; lo atraía y, al mismo tiempo, le repugnaba.

Su compañero subió con cuidado los estrechos peldaños de la cabina del furgón blindado y se retrepó al asiento derecho. Esa mañana parecía moverse más despacio que de costumbre, y Del comprendió de inmediato que de nuevo tenía resaca. Del se subió al asiento del conductor y se abrochó el cinturón de seguridad fingiendo, como siempre, no notarlo.

– ¿Quién dices que es ese capullo? -preguntó Benny mientras, ávido por tomar un café, desenroscaba con sus dedos cortos y gruesos la tapa del termo. Del quiso decirle que la cafeína sólo empeoraría su resaca, pero tras cuatro breves semanas en aquel puesto, sabía que a Benny Zeek era mejor no llevarle la contraria.

– Hoy nos toca la ruta de Brice y Webber.

– Joder, ¿y eso por qué?

– Webber tiene la gripe y Brice se rompió una mano anoche.

– ¿Y cómo coño se rompió una mano?

– Ni idea. Sólo sé que se la rompió. Creía que odiabas la monotonía de nuestra ruta de siempre. Y los atascos para llegar a los juzgados.

– Sí, bueno, pero más vale que no haya más papeleo -Benny se removió inquieto en el asiento, como si aquella amenaza de un cambio en su rutina lo llenara de impaciencia-. Si vamos a hacer la ruta de Brice y Webber, ese capullo irá a Glades, ¿no? Lo tendrán en régimen de aislamiento hasta la jodida vista. Eso significa que es un cabrón de cuidado y que no quieren tenerlo aquí, en este calabozo de mierda.



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