
– Héctor dice que se llama Albert Stucky. Dice que no es mal tipo. Muy inteligente y amable. Dice que hasta ha encontrado la salvación en Jesucristo.
Del notó que Benny lo miraba con el ceño fruncido. Giró la llave de contacto y, mientras dejaba que el furgón vibrara y retumbara al ponerse lentamente en marcha el motor, se preparó para recibir la andanada de sarcasmos de Benny y puso el aire acondicionado, que escupió sobre ellos un trallazo de aire caliente. Benny extendió el brazo y lo apagó.
– Dale tiempo al motor. Para qué queremos que nos dé el puto aire caliente en la cara.
Del sintió que se sonrojaba. Se preguntaba si alguna vez conseguiría ganarse el respeto de su compañero. Ignoró la exasperación que se agitaba en su interior y bajó la ventanilla. Sacó la hoja de ruta y anotó la lectura del cuentakilómetros y del indicador del combustible, dejando que la rutina ejerciera su efecto calmante sobre él.
– Espera un momento -dijo Benny-. ¿Albert Stucky? He leído algo sobre ese tío en el Miami Herald. Los fibis lo llaman El Coleccionista.
– ¿Los fibis?
– Sí, los del FBI. Jesús, pero tú ¿es que no sabes nada?
Esta vez, Del notó el escozor del sonrojo en sus orejas. Giró la cabeza y fingió revisar el retrovisor lateral.
– Ese tal Stucky -continuó Benny- mató a puñaladas a tres o cuatro mujeres, y no sólo aquí, en Florida. Si dice que ha encontrado a Jesucristo, será porque no quiere que su puto trasero se fría en la silla eléctrica.
– La gente puede cambiar. ¿No crees? -Del miró a Benny. Su compañero tenía la frente perlada de sudor; sus ojos inyectados en sangre lo miraban con fijeza.
– Jesús, hijo. Apuesto a que todavía crees en Santa Claus -Benny sacudió la cabeza-. A uno no lo mandan a una prisión de máxima seguridad a la espera de juicio por encontrar al puto Jesucristo.
