
El hombre de gafas oscuras y uniforme sentado tras el volante parecía absorto en el periódico. Tess pensó de inmediato que era extraño leer el periódico con las gafas de sol puestas, sobre todo teniendo el sol de espaldas. Al pasar a su lado, reconoció el logotipo pintado en un lateral de la furgoneta: Compañía Telefónica de Bell Nororiental. Aquello le pareció extraño. ¿Qué hacía aquel tipo tan lejos de su demarcación? Luego, de pronto se encogió de hombros y se echó a reír. Tal vez la paranoia de su clienta fuera contagiosa.
Sacudió la cabeza, salió a la carretera y abandonó aquel recóndito barrio para regresar a su oficina. Al mirar hacia atrás, hacia las majestuosas casas resguardadas entre inmensos robles, cornejos y ejércitos de pinos, Tess confió en que Maggie O'Dell pudiera al fin sentirse segura.
Capítulo 3
Maggie sostenía en equilibrio las cajas que llenaban sus brazos. Como de costumbre, llevaba más de las que le permitían sus fuerzas. Buscó a tientas el picaporte que no veía, pero renunció a dejar las cajas en el suelo. ¿Por qué demonios tenía tantos discos y libros si no disponía de tiempo para escuchar música, ni para leer?
Los empleados de la mudanza se habían ido al fin tras la intensa búsqueda de una caja perdida o, como decían ellos, extraviada. Maggie odiaba pensar que se la hubieran dejado en el piso, pero menos aún le gustaba la idea de pedirle a Greg que la buscara. Su marido le recordaría que debería haberle hecho caso y haber contratado a la empresa de mudanzas United. Y, conociendo a Greg, si la caja seguía en el piso, no estaría a salvo de su curiosidad y de su rabia. Maggie se lo imaginaba arrancando la cinta de embalar como si hubiera descubierto un tesoro escondido, y tal vez para él lo fuera. Porque, naturalmente, era la caja en la que había guardado las cosas que no permitía que nadie viera, cosas como su diario, su agenda de servicio y sus recuerdos de la infancia.
