
– Acabaremos enseguida -le dijo el hombre mayor, y salió tras su compañero como si no hubiera nada anormal en almacenar pistolas cargadas en una casa.
– ¿Va a venir alguien a ayudarla a desembalar? -preguntó Tess para disimular el desagrado, la desconfianza que le producían las armas. No, ¿por qué engañarse? Era algo más que simple desagrado: era auténtico miedo.
– No hace falta. No tengo casi nada.
Tess miró a su alrededor y, cuando volvió a fijar sus ojos en ella, vio que Maggie la estaba observando. Notó que le ardían las mejillas. Se sentía como si la hubiera pillado en falta, pues eso era precisamente lo que estaba pensando: que Maggie O'Dell no tenía casi nada. ¿Cómo iba a llenar las inmensas habitaciones de aquella mansión Tudor de dos plantas?
– Sólo estaba… Bueno, recuerdo que mencionó que su madre vive en Richmond -intentó explicarle Tess.
– Sí, así es -dijo Maggie de un modo que convenció a Tess de que no seguirían hablando de aquel tema.
– En fin, le dejo que siga con su trabajo -de pronto, Tess se sintió azorada y deseó escapar de allí-. Yo tengo que acabar con el papeleo.
Le tendió la mano y Maggie se la estrechó educadamente, con una firmeza que de nuevo sorprendió a Tess. Aquella mujer rezumaba fortaleza y confianza en sí misma, pero, a menos que todo fueran imaginaciones de Tess, su obsesión por la seguridad procedía de una cierta fragilidad, de un miedo profundamente arraigado. Después de tantos años enfrentándose a sus propias debilidades y miedos, Tess era capaz de percibirlos en los demás.
– Si necesita algo, cualquier cosa, por favor, no dude en llamarme, ¿de acuerdo?
– Gracias, Tess. Lo haré.
Pero Tess sabía que no lo haría.
Mientras sacaba el coche marcha atrás, se preguntó si la agente especial Maggie O'Dell era simplemente una mujer cautelosa o una paranoica, una persona sensata u obsesiva. Al llegar a la esquina del cruce, reparó en una furgoneta aparcada junto a la acera, algo extraño en aquel vecindario en el que las casas, apartadas de la calle, tenían largos caminos de entrada en los que podían aparcarse varios coches.
