Benny se giró para mirar por la ventanilla y bebió un sorbo de café. Al hacerlo, no vio la mueca de disgusto de Del. Este no podía evitarlo. Tras veintidós años de convivencia con su padre, un predicador, aquella mueca de repugnancia era una reacción automática, como rascarse un picor. A veces, lo hacía siquiera sin darse cuenta.

Del se metió la hoja de ruta en el bolsillo lateral y puso el furgón en marcha. Observó la prisión de cemento por el retrovisor lateral. El sol caía a plomo sobre el patio, por el que deambulaban varios reclusos, pidiéndose cigarrillos los unos a los otros y aguantando el calor de la mañana. ¿Cómo podía gustarles estar allí fuera, sin una sola sombra? Añadió aquello a su lista de injusticias. Allá, en Minnesota, había luchado activamente a favor de la reforma carcelaria. Últimamente estaba demasiado ocupado con la mudanza y el inicio de su nuevo trabajo, pero aun así iba confeccionando una lista para cuando dispusiera de más tiempo. Poco a poco, iría batallando por causas como la eliminación del Ala X de la prisión de Starke.

Mientras se acercaban al último control, miró por el retrovisor. Se sobresaltó al descubrir que el preso lo estaba mirando fijamente. Lo único que veía a través de la ranura del grueso cristal eran unos penetrantes ojos negros que lo observaban con fijeza a través del espejo.

Del percibió algo en los ojos del prisionero, y sintió que un nudo se le formaba en el estómago. Había visto aquella mirada años antes, siendo un niño, una vez que acompañó a su padre en un viaje. Visitaron a un preso condenado al que el padre de Del había conocido en una de sus reuniones de convivencia con los reclusos. Durante aquella visita, el preso le confesó las cosas horribles, inimaginables, que le había hecho a su propia familia antes de matarlos a todos: a su mujer, a sus cinco hijos y hasta al perro de la casa.

Los pormenores que Del había oído aquel día, siendo un niño, se le habían grabado a fuego en la memoria. Pero lo que más lo había impresionado era el perverso placer que el preso parecía obtener al relatar cada detalle y observar el impacto que surtía sobre un niño de diez años. Del veía esa misma mirada en los ojos del hombre que ocupaba la parte trasera del furgón blindado. Por primera vez en doce años, sintió que estaba mirando al mal directamente a los ojos.



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