El ruido iba creciendo y hacía vibrar sus asientos. A Del le parecía que estaban golpeando los lados metálicos del furgón con un bate de béisbol. Lo cual, naturalmente, era absurdo. Era imposible que el preso dispusiera de algo remotamente parecido a un bate de béisbol. Benny se estremecía con cada golpe, sujetándose las sienes. Al mirarlo, Del vio que la bailarina polinesia contoneaba las caderas con cada puñetazo que su compañero daba a la mampara de acero.

– ¡Eh, vale ya! -gritó Del, sumando su voz al estruendo que empezaba a producirle dolor de cabeza.

Estaba claro que el preso no había sido convenientemente inmovilizado y que estaba aporreando las paredes del furgón. Aun cuando el ruido no acabara por enloquecerlos durante el trayecto, el prisionero podía causarse graves heridas. Y Del no quería cargar con la responsabilidad de entregar a un recluso magullado. Redujo la velocidad, apartó el furgón hacia el arcén de la carretera de dos carriles y paró.

– ¿Qué coño haces? -preguntó Benny.

– No podemos seguir así el resto del viaje. Está claro que los chicos no lo han inmovilizado.

– ¿Y para qué, si ha encontrado a Jesucristo?

Del se limitó a sacudir la cabeza. Al bajarse del furgón, se le ocurrió pensar que no sabría qué hacer si el preso había conseguido liberar un brazo o una pierna de las correas de cuero.

– Espera, chaval -gritó Benny tras él, bajándose a trompicones de su asiento-. Ya me encargo yo de ese cabrón.

Benny tardó en rodear el furgón. Cuando al fin lo hizo, Del notó que se tambaleaba.

– ¡Todavía estás borracho!

– De eso nada.

Del se acercó a la cabina y sacó el termo. Benny intentó arrebatárselo, pero Del lo retiró. Quitó la tapa y al instante percibió el tufo a alcohol que despedía el café.

– Hijo de puta -sus palabras sorprendieron por igual a Benny y al propio Del. Pero, en lugar de disculparse, arrojó el termo a lo lejos y lo vio reventar contra un poste cercano.



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