Vio el furgón y a Benny tendido en el suelo. Todo empezó a girar y a difuminarse. Luego cayó pesadamente contra el pavimento. Los vapores del asfalto recalentado traspasaban su espalda húmeda, pero más aún le ardían los costados. Un incendio incontrolado se extendía por su estómago, prendiendo fuego a todos sus órganos. Tendido de espaldas, no veía más que las nubes haciendo volutas sobre él: un blanco resplandeciente contra el sólido azul del cielo. El sol de la mañana lo cegaba. Qué hermoso era todo, sin embargo. ¿Por qué no se había fijado antes en lo bello que era el cielo?

Tras él, un único disparo rompió el silencio. Del logró esbozar una débil sonrisa. Al fin. No podía verlo, pero al fin el bueno de Benny, la leyenda, había intervenido. El alcohol sólo lo había entumecido momentáneamente.

Del se incorporó un poco para mirar la herida de su estómago. Lo sorprendió encontrarse de pronto mirando una talla ensangrentada de Cristo. El cuchillo que había hecho que sus entrañas se derramaran sobre la carretera desierta era en realidad un crucifijo de caoba. De pronto dejó de sentir el dolor. Debía de ser una buena señal. Tal vez se pusiera bien.

– Eh, Benny -gritó, apoyando la cabeza en el pavimento. Seguía sin ver a su compañero tras él-. Mi padre hará un sermón sobre esto cuando le diga que me han pinchado con un crucifijo.

Una sombra larga y negra cubrió el cielo.

De nuevo, Del se descubrió mirando aquellos ojos oscuros y vacíos. Albert Stucky, aquel hombre fibroso y recio de rasgos angulosos, se cernía sobre él, alto y erguido. Del pensó en un buitre inmóvil, con las negras alas pacientemente pegadas a los costados, ladeando la cabeza, observando, esperando a que su presa dejara de debatirse y cediera a lo inevitable. Luego, Stucky sonrió, como si lo complaciera lo que veía. Alzó la pistola de Benny y apuntó a la cabeza de Del.

– No le dirás nada a tu padre -dijo con voz profunda y calma-. Mejor díselo a san Pedro.



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